5/09/2017

Paisaje

El vértigo que siente una persona al mirar hacia el vacío no es el miedo a caer, sino el miedo a tirarse. Uno sabe bien, mientras camina por una pasarela por entre las sierras, que jamás podría caerse desde ahí por accidente, por asomarse un poco a mirar el paisaje. ¿Por qué el miedo, entonces? El miedo es a tirarse, a pegar el salto y caer al vacío. Desde ahí, seguramente, el paisaje se vería más lindo.

Desde chico que siento el vértigo cotidianamente. No se reduce sólo a precipicios, también lo siento cuando me asomo por el balcón de un cuarto piso o cuando espero que pase el tren o el subte por delante mío. Siento el impulso irrefrenable de querer saltar, de dar un paso al frente cuando escuche el rugido del motor y que la formación me pase por encima. Quedar despedazado en mil partes. Dejarle algo de verdad a este mundo.

Sin embargo, siempre me freno. Todo queda en el mundo de las ideas. El hecho de sólo pensarlo me genera una culpa indescriptible, que da paso a la angustia. Y es la misma culpa y la misma angustia la que me terminan frenando. No hacerlo para sentir culpa.

Bueno, creo que la culpa se me va agotando.

Quizás el paisaje se vea más lindo desde arriba. O desde abajo.

4/20/2017

Leí diez páginas de este blog seguidas. Quería leer algo verdadero, algo que me sienta identificado en esta tarde de jueves. No pude encontrar nada. Nada. Ni una palabra de verdad. Sentía que leía a otra persona, a alguien que no soy yo.

No sé si alguien sigue leyendo esta mierda. Pero no se gasten, posta. Lean otra cosa.

3/17/2017

Mensaje no enviado

Me angustié mucho por algo. Te quise preguntar, preguntarte si a vos te pasaba lo mismo. Pero el terror a molestar, a sobrar.

—¿Estás muy ocupada?
—Sí, estoy hablando para cambiar reales y con la abogada.
—Dale. Te hablo después.

Es casualidad. Hablamos todo el día, pero justo ahora no podés. Casualidad.

El mensaje nunca enviado.

¿Nunca te pasó de ver una foto tuya de chiquita y llorar? Sin saber por qué, simplemente llorar. Como si te diera verguenza mirar a tu yo de la niñez. Como si quisieras pedirle perdón.

Tengo ganas de tomar y de escribir.

Buen fin de semana para quien lea estas palabras.

2/20/2017

Promesas sobre el bidet

"Pablo:

Hoy es tu cumpleaños, y te pienso más que nunca. Se me había ido la costumbre de escribirte cartas, pero hoy siento que lo necesito. Pasaron diez años. Seguís siendo mi hermano mayor aunque tengo ocho años más que los que tenías vos cuando te fuiste. Por favor, tengo que dejar de usar analogías berretas. La palabra es muerte. "Desde que te moriste", sería la frase.

Hoy estoy triste. En el trabajo me están por echar, mi novio es un idiota que no sé qué quiere y la facultad cada vez me convence menos. ¿Viste esos días en que sentís que todo está mal? ¿Vos cómo te sentís? ¿Sienten algo los muertos? Necesito hablar con vos, Pablo. Necesito que me digas alguna palabra mágica que soluciones todo, como cuando éramos chicos.

Todavía me acuerdo del juego de pasarnos notas por abajo de la puerta. ¿Qué habrá hoy donde estaba tu habitación? Hace muchos años no voy a casa. No puedo. A mamá cada vez la veo menos. A papá nunca lo vi, ni vos tampoco. Pero eso ya no lo sabés. ¿Qué habrá hoy donde ayer estabas vos? Hoy no hay nada, Pablo. ¿Qué hay en la muerte, hermano? No hay nada más allá, ¿no?

¿A quién carajo le estoy escribiendo?

Te beso, a la distancia eterna.

Lucía".

#

Y mientras ella duerme, una nota se desliza por debajo de la puerta. Una nota que, en unas horas, le va a salvar la vida.

"Te prometo que todo va a estar bien".



12/15/2016

Un buen recuerdo

Cuando entraste al velorio me sonreí. Se me aceleró el corazón como a un nene que está enamorado de su compañera y ella se le sienta al lado. Te había dicho que no importaba, que no hacía falta que vengas.

—Quiero mucho a tu prima, quiero estar con ella en este momento.

Y yo quería que vengas, pero siempre tiro para el lado contrario. La abrazaste y lloraron juntas, después se sentaron y hablaron un rato largo. Se rieron. Me puso contento que mi prima pueda reírse en un momento así. Yo me senté cerca de ustedes. Hablamos los tres. Mi prima dijo que me iba a dejar el departamento el mes que se va de viaje, que le tenía que regar las plantas. Y vos hacés esos chistes que hacés siempre, y los tres nos reímos.

¿Se da por sobreentendido que las plantas se van a morir? ¿Todo lo que tengo que cuidar se muere?

Después nos quedamos solos. Yo me ataba las manos para no acariciarte. Y hablamos de nosotros. Me dijiste que estabas mejor, que fue buena decisión no hablar más. A mí me gustaba hablarte, pero me dijiste que te daba esperanzas y preferías que no. Te respeté. Me contaste que estás por terminar, que te falta un final y listo. Me puse contento. Te conté, en voz baja, lo que me pasó. El dolor en el riñón, los calambres en el estómago. Vomitar sangre. Te asustaste y me retaste. Te prometí que iba a ir al médico cuando los dos sabemos que no voy a ir.

Y se nos acabó el tiempo, así como así. Te acompañé hasta el auto. Revisé el agua porque me dijiste que sobrecalentaba. Te di un abrazo hermoso. Nos dimos un abrazo hermoso. Me mordía los labios para no besarte (vos también, me dijiste días después).

—Te quiero mucho, mucho —fue lo que te dije.
—Te amo y quisiera volver el tiempo atrás —fue lo que te quise decir.

Y te fuiste, acelerando por Juan B Justo. Yo volví al velorio, estuve un rato más.

A los pocos días me mandaste un mensaje, que me extrañabas mucho. Que una amiga tuya se recibió y estaba el novio, y que vos habías soñado mil veces con la escena de recibirte, y que en todas estaba yo ahí al lado tuyo. Yo te dije que me ponía contento haberte cruzado y vernos bien, que eso es lo que quería explicarte cuando terminamos.

—No quiero arruinar algo tan lindo, quiero tener un buen recuerdo tuyo —te explicaba, mientras vos me decías que no podías entender cómo apostaba todo a tener un buen recuerdo en vez de jugármela en el momento.

Y nos cruzamos, y fue hermoso. Sin rencores, sin frialdad. Fue amor puro, mi amor.

—¿Ves? Cuando se termina bien, pueden pasar estas cosas —te dije.
—Nunca se termina bien.
—¿Y nosotros?
—Hay algo que no se terminó. No sé qué es, pero no se terminó.

Y no nos volvimos a hablar.

11/11/2016

"Porro birra sube pepa"

Me lo dijo el Negro Gonza, una noche que estábamos escabiando en el Newbery, viendo un partido que jugaba el Laucha. Yo lo escuché al pasar, como escucho casi todo. El Negro era muy sabio en algunas cosas (es, no se murió, pero no lo veo hace mucho tiempo).

Entonces una noche, yendo a La Mágica, me acordé de esa secuencia. Habíamos colado media y estábamos muy bien ya, sí. Pero yo quería estar mejor. Entonces fumamos unas flores, fumamos más de lo normal. Y tomamos cerveza, más de lo normal. "Porro birra sube pepa". El Negrito tenía razón.

Esa noche tocaron Los Palmeras en La Mágica. La risa empezó porque, en la parte de arriba de Groove, un flaco alentaba y gritaba como si estuviera viendo jugar a Maradona. Y me empecé a reír, solo. Me reía y la risa se dilataba. Cada vez me reía más y más. Se lo mostré a los chicos, señalándolo, porque no podía ni hablar. Y se empezaron a reír. Se reían como yo, en la misma sintonía.

Me reí con toda la boca, me reí como no me había reído nunca en la vida. La boca se me abría hasta límites nuevos, sentía que se me iba a romper de tan grande que estaba. Y no podía parar de reírme, y los chicos lo mismo, y nos agarramos los tres porque no podíamos más. La gente nos miraba, la gente siempre te mira. Y no podíamos parar, estábamos ahogados. Fueron unos cuantos minutos de risa constante. De felicidad.

Esa noche empezó algo que dura hasta hoy. Nos sacamos una foto, los tres. De fondo se veían otras personas, entonces hice zoom sobre la cara de un flaco y la recorté. Se la mostré a los pibes y explotamos de risa otra vez. Todo era motivo de risas. Entonces, todavía hoy, cada vez que nos sacamos una foto miramos si alguien salió atrás y lo recortamos para que quede solo. Siempre hay alguien.

La escena de la risa se volvió a repetir. De hecho se sigue repitiendo. Cada vez dura menos, cada vez se apaga más rápido. En la vida me voy a olvidar de la primera vez, igual. Las primeras veces no se olvidan, dicen. En este caso aciertan. Me reí muchas veces, sobrio. Me reí hasta llorar. Pero nunca, jamás, me había reído como esa vez. Era el alma la que se reía, era mi espíritu riéndose a carcajadas, usando mi cuerpo como expresión. Y era tanta la risa que el cuerpo casi revienta.

A donde quiera que estés hoy, Negro querido, te abrazo. A la distancia. Porro birra sube pepa, Negro. Lo sé muy bien ahora. Vos también. Demasiado, quizás.

A bailar, vecinos. A bailar que se acaba el mundo...

10/28/2016

Rubia III

Rubia I
Rubia II

Hablábamos todos los días, nos veíamos dos o tres veces por semana. Cogíamos mucho, y tomábamos más. Por primera vez sentía que mi alma se despertaba. No me importaba mi novia, en lo más mínimo. Le mentía sin descaro y prefería mil veces verme con la Rubia que con ella. Sin embargo, no podía dejarla. Todavía era chico y creía que era noble sentir lástima y quedarse sin hacer nada. Era un canalla, y no me avergüenza decirlo así porque es en pretérito.

El tiempo pasaba y yo cada vez estaba más metido. La mitad de los días dormía en su departamento en Caballito. Había dejado la facultad, con mis amigos me veía cada vez menos y a mi novia no le atendía el celular. Sólo tenía tiempo para la rubia, el whisky más caro que podamos comprar (por aquella época era un caminante rojo) y lo que sobre directo a una bolsa de merca. Y nos encerrábamos días enteros en su departamento.

Creo que la primera vez que tomé conciencia de la mierda de la situación fue en la casa de un amigo de ella. Ella tenía muchos amigos y cogía con la mayoría. A mi no me importaba (y tampoco estaba en condiciones de exigir nada, sinceramente). Con tal de que duerma conmigo me alcanzaba. El hecho es que estábamos en lo de este muchacho, de mucha guita, tomando. El pibe estaba muy duro al momento de tomarse dos líneas XL. Al rato le sangró la nariz, nos reímos todos juntos y él cayó muerto arriba de una mesa ratona, rompiendo el vidrio y cortándose.

El pibe no murió, pero uso la expresión cayó muerto porque así lo sentí en ese momento. Vi cómo caía con el cuerpo duro sobre la mesa, cómo sangraba por los cortes. Esa noche terminé en casa, solo, sin poder dormir. Tenía la cabeza en jaque. Ella, con otros dos, fueron al hospital. El pibe sufrió una sobredosis y le quedaron secuelas irreversibles en el cerebro. Nunca más lo vi, pero me dijeron que se babeaba y no podía hablar.

Creo que fue la última vez que tomé en cantidad. Ella dejó de tomar para siempre (o, al menos, hasta que la dejé de ver). Las cosas empezaron a ir mal después de todo esto (aunque no creo que haya sido causa-consecuencia). Cada vez nos veíamos menos, ella me esquivaba. Me decía que estaba viéndose con el ¿ex? novio, que quería volver a arreglar su vida. Le pregunté si yo tenía algo que ver con que su vida esté rota, me dijo que no y lloró una hora seguida sobre mi pecho.

Y el final de todo esto llegó al poco tiempo. Me cortó en seco, así sin más. Cogimos una última vez y fue hermoso. No hace falta aclarar que yo estaba enamorado. Ella volvió con el novio y eliminó toda forma de contacto para conmigo. Yo volví con mi novia (a la que dejaría, recién, un año después). Durante muchos meses le envié mensajes a la Rubia, casi siempre borracho, y todos sin respuesta.

Volví a hablar con ella mucho tiempo después, yo ya estaba terminando otra relación (esta vez en el momento justo). Ella seguía con el novio. Fue la primera vez que respondió, y hablamos un poco de todo. Se estaba por recibir de veterinaria, seguía trabajando en el jardín de infantes y vivía con su novio. Recordamos viejas épocas y todo quedó ahí, en unos pocos mensajes.

Creo tener un recuerdo mucho más grande del que fue. La realidad es que sólo fueron unos meses de buen sexo, de excesos y de noches sin dormir. De una mujer que quería estar con su novio pero por alguna razón no podía. De un hombre que no quería estar con su novia pero por alguna razón no se lo decía. Todo esto lo entiendo hoy, claro. Casi seis años después. Entiendo que no estuve enamorado, que ni siquiera fue amor.

No sé por qué siempre me atrajo tanto la historia con la Rubia. Era hermosa, cogía muy bien y tomaba mejor. Pero nada más que eso. Era muy inteligente, también. Fue la primer mujer que me interesó y me dijo que no. Sin excusas, sin vueltas. Quizás sea eso. Le dediqué muchos cuentos, y la novela que estoy escribiendo gira, en gran parte, a su alrededor. Cabe la posibilidad de que escriba sobre ella, tal vez, sólo para sanar el dolor que me provocó su rechazo.