8/26/2015

El animal que toma

(escrito el 17 de Junio de 2015)

El sábado fue mi cumpleaños. Dos tres. Veintitrés. 23.

El viernes me junté con mis compañeros de la facultad. Hay un lindo grupo, lindos profesores. Otro prejuicio mio que se cae: no toda la educación privada es una garcha, ni todos los alumnos son unos chetos.

Tomamos cerveza, bastante. La mayoría toma bastante. Todo el mundo toma bastante, al menos el mundo que vale la pena conocer. No todos entienden por qué, igual. El tema es que pude frenar. Hace dos semanas pasó algo muy feo, otro día lo cuento, y este viernes era mi prueba. Me pruebo a mí mismo, no hablo de otras personas. Y salió bien, pude tomar poco, pude frenarlo, pude decir basta. Decir basta no fue dejar de tomar, claro, fue medirse, fue no servirse un vaso atrás de otro, fue darle prioridad a la conversación antes que al alcohol.

Me terminé yendo último, porque ayudé a ordenar. Estábamos caminando con un compañero, con el que mejor me llevo. Toma mucho, mucho, y tampoco sabe parar. Él estaba muy borracho, pero yo no. Estábamos caminando, había puesto Spinetta en el celular y no se escuchaba otra cosa.

- ¿Te das cuenta que siempre somos los últimos en irnos de todos lados? -me dijo, y entendí la tristeza con la que lo dijo, aunque yo estaba sobrio.

Paré un taxi y le dije que lo alcanzaba hasta la casa, sabiendo que me iba a decir que no. Me dijo que no. Le di un abrazo y lo dejé solo con Spinetta. En el viaje iba pensando mientras el conductor me hablaba de la General Paz, del gobierno, de lo mal planificado que se estaba todo. Y yo iba pensando en el alcohol, en saber cuándo parar, en mi compañero que se iba a la casa dolido. A él le duele una mujer, una mujer nacida en Francia, que lo está por echar del departamento donde conviven. Pensé en su dolor, y en el mío. Mi dolor, que nunca se sabe por dónde sangra. Pensé en todo eso que pienso cada vez que me siento así, cada vez que tengo algo atravesado. Me angustié. Y me dio sed.

En cuanto llegué a casa me abrí una cerveza y me senté en la computadora. Leí, mucho. Blogs, páginas. Autores anónimos. Gente con la cual podría pasar noches enteras hablando de fútbol, de libros, de esas madrugadas donde te duele todo y nada te calma la sed. Terminé la cerveza y abrí otra. Y a esa gente es mejor no conocerla, no hay que conocer a la gente que escribe, dicen. Te podés desilusionar. Como me desilusioné hace algunos años cuando descubrí lo que habían hecho Borges y Sábato. Traté de razonar, traté de separar el arte de la persona, pero me fue imposible.

Eran varias las cervezas y la sed seguía creciendo. Es la mierda de todo esto: no poder parar. Lo digo, lo repito y lo remarco, porque ahí yace el problema. Me gustaría poder calmarme con unas cervezas, pocas, muchas, no importa, pero poder ponerle fin en algún momento. No es así, mi cuerpo es un animal que toma sin medir cuánto está tomando y que no se siente saciado hasta que no se termina. Y depende cuándo se termina, porque si no se siente mareado, si todavía no pudo dejar de pensar, entonces sale a la calle y busca el primer quiosco de mala muerte para seguir tomando. ¿Y por qué hablo en tercera persona? Ese es mi cuerpo, ese soy yo. Yo soy un animal. Abelardo Castillo dijo que "El hombre es el animal que cuenta", bueno, yo creo me definiría como "El animal que toma".


2 comentarios:

Nada ni nadie- dijo...

feliz cumpleaños :)

Tu sed no se satiface con alcohol probablemente , y ahora?

Flo Speroni dijo...

sos tan crack